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Categoría: Recuerdos
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23 de Agosto 2010

Es sorprendente la visión que se puede apreciar del Pueblo de Tenoya desde aquí, es mirarla desde sus mismos pies, contemplando su manto que asciende hasta lo alto,  en partes verdes, grises, pardos y destellos de salpicados colores, ¿Cómo ha cambiado tu manto? Tendido en su Valle, en él, en mi imaginada visión, me apareces Virgen de la Encarnación, hoy sin rayos, ha amanecido en un día ligeramente cubierto donde su luminosidad me da los tonos naturales, pudiendo apreciar desde su desnudez y su belleza natural de la tierra que me vio nacer, recorriendo a pasos cortos desde niño todo su cuerpo, los labradores de sus campos desde antaño, pisaban huellas sobre huellas tu piel dorada y verde, quien lo lee y te recuerda, se verá en su morada, hoy pocos pasos dan las nuevas generaciones y para querer hay que conocer y descubrir.

 

Tantas veces como te he mirado y contemplado sin pararme, siguiendo ligeramente, hoy me paro y lo recorro palpo a palmo parte de tu cuerpo, descubriendo en tu corona la torre o parte del campanario de la Iglesia, que como una farola encendida noche y  de día llama desde lo alto, también contando las sonoras  horas del día, aquí el eco llega  suavemente timbrado llegando al cercano mar. Como orándote en tal perfil estampa, el Pueblo queda quieto parece que no hay nadie, pero si nos adentramos en su interior cobijan a sus gentes, gesto que hago como saludo desde esta tierra misma que se llama y es también mi  Casa Ayala, de donde era mi Madre de Cañada Honda y mi padre, de Tenoya, un pie en cada lado y unas huellas que no se borran, ni con mi feliz destino, porque forman parte de mi.
Desde mis mismos pies quiero abarcarte, Tenoya, elegante…alegre, querida …Giro mi cabeza a la izquierda viendo parte de la ladera del Espigón donde escondida  y cobijada queda La Adelfa con olores a tus mismas flores, girando la mirada al otro extremo, parte de la subida del Camino Real de Gáldar, a encontrarse con el Portichuelo
En esa vaguada que fue basurero, siguiéndole las laderas de arena, escondidas quedan las cueveras, volviendo a la parte principal de la finca de Arevas (Arevalo) donde el barranquillo y el barranco la abrazan, uniéndose a la altura de la fuente.

 

Contemplar este entorno entre montañas y montañas, parece que son como dos cuerpos gigantes que la quieren proteger, en el silencio quiero que la fuente me llame con el susurro de su chorro latente, hoy tapado como si fuera veneno, me vienen los largos recuerdo siendo testigo de llegar a su altar, al pie de la gigante roca, bordeada y protegida por un muro artificial para que no la intuyan los temporales de antes, unas escaleras volteada como si fuera un caracol gigante, nos hacia llegar a su manantial, huellas pasadas de  sus gentes, desde niños, jóvenes y viejos,  escuchando el murmullo mezclado en su entorno  del chorro que tapábamos con un palo modelado para no desperdiciarte, los cacharreos y en lujos sus delicadas tallas, hoy seca y casi olvidada, sin calmar la sed, le sigo el camino del barranquillo dando vueltas  haciendo una ese  gigante del hoy silencio mismo.
En ese camino natural como un surco o canal unas paredes con tajavientos con esos ladrillos de cal blancos que oía escuchar de la fabrica de Fuentes, al mismo tiempo adornaban el paisaje a ambos lados levantadas por hijos de la zona, de muchos que vi trabajar, señalan sus lindes de sus fincas que aun hoy en parte enverdecen, me detengo en la parte derecha, bajo mi vista contemplo el frondoso jardín de los Viveros Godoy, antes finca de Don Juan Díaz Benítez, tres cadenas la parcelan, a lo alto la recorre y la bordea la prolongación del Camino a Casa Ayala y el barranquillo, a la orilla del camino siete palmeras salvajes la embandera a la orilla del camino, tres distantes a una misma distancia las separa como si fueran plantadas concientemente, las otras cuatro parecen que salen del mismo tronco, dos altas y a la misma altura como dos hermanas, las otras dos brotan como hijas envueltas en un tupido cañaveral. En tal llamativo sitio unos vecinos formaron un lecho de asientos como una marquesina natural, allí se les ve en los momentos mas complacidos y deseados en sus charlas, a pocos metros y frente al camino un almacén de color amarillo con unas tejas corridas como cejas, bajo de él, se esconde un estanque, a las orillas de dicho camino veroles, aulagas, cañas, arbolitos, hierbas variadas en su natural entorno, mientas la otra vertiente se aprecian piedras caídas de la misma ladera que casi de forma natural, la vallan.
En la primera cadena se aprecian plantaciones de diferentes clases de palmeras, entre otros, dragos y cactus según mi visión, en la segunda es como un pasillo y alfombra de plantas delicadas y pequeñas, esta parcela sin tajavientos, donde cuelgan enredaderas de varios colores rompiendo el color verde, al fondo  y juntos unos invernaderos de techos curvados como arcos enlazados  albergan flores delicadas (que pena no estén a la vista), en ese espacio cinco rosetas de aspersión como paraguas en forma de lluvia refrescan y dan vida a unas plantaciones, en este instante me paro con mi vista complacida en tan bello jardín, imaginando mojarme en ese chispear, en la tercera una vegetación mas desarrollada entre palmeras árboles de diferentes clases, entre ellos en su bosque llaman la atención diferentes coloridos que flotan en su bóveda sin saber sus especies.

Hasta este momento no he visto ningún jardinero, tal vez envueltos en su tupida vegetación, aquí me detengo como un ave en este pequeño alto como queriendo abrir mis imaginadas alas y volar al lugar, posándome  y sintiendo el frescor y olfateando sus olores.
Ante mi placido descanso, no quiero subir el callejón sin dejar atrás la finca de Arevas que era de Don Juan Negrín quitada cuando la guerra por su condición política y que según me cuentan tuvo varios dueños tal vez por el miedo, recuerdo de uno de los últimos propietarios que conocí, Don Diego Ojeda Álvarez, hoy de Don Gabriel Martín González, allí vi vivir en sus casas a los mayordomos  Pepito Guerra y después Horacio, hermano de Reinaldo, a él le gustaba pescar, muy amigo de Don Domingo el Maestro, de esta zona. Dicha finca que a sus pies la bordean plantaciones de plataneras, subiendo una ladera o risco que la separan  hasta llegar a la meseta y alto  donde se encuentra a un lado la casa de los mayordomos de color amarillo y continúan con  naves enlazadas que miran a la zona, hoy cerradas y bien cuidadas, la recorren un largo parral  y en el patio unos frondosos árboles tupidos donde no se ve ni el cielo, solo se filtran rayitos de luces naturales, la casa le sirve como puerta al gran invernadero que parece un mapa acristalado como una isla flotante extendido en el mismo nivel, detrás asoma la casa vieja de los Morenos, esta finca que tiene un pozo la bordea como he dicho el barranquillo y el barranco de Tenoya en toda su silueta, detrás las montañas de arena, siguiendo esta montaña en las laderas quedan en escalones cadenas de tierras que fueron cultivadas, entre ellas destacan dos casas amarillas la de abajo de la hija de Martín el Chambre y la mas alta otra de dos plantas que la recorren un balcón, en su centro una cristalera techada en forma de tragaluz que le sirve de patio, al lado una techumbre o nave donde se alberga maquinaria.
Doy vueltas en mi visión en las tierras hoy de Ignacio Trujillo, viendo como poco a poco va tomando forma, destacando un color rojizo camuflado en tajamientos y terrenos que tienden a embellecer.

Para llegar a lo alto de Tenoya, y abarcarla en mi mirada, teniendo que parcelar dicha visión por lo que quiero bajar desde lo alto a unirme con lo relatado.
Desde este punto trazo mi mirada subiendo a lo alto desde La Adelfa, en ese extremo una palmera  y un drago de ramas me dan linde a la derecha, divisando como limite la casa de Isabelita la Maestra donde hubo una escuela. siguiéndole la fila de casas que dan en línea con la calle  Camino a Tenoya, despegándose como una lengua caída en la ladera,  la casa de Lalo, la de Tonono, la de familias de Pepe, familias de Jovina, la conocida por la de Don Pedro de Amas, la de José el de Mastro Isidro, al balcón donde vivía Secundina y Nicolás el Trampa hoy de la hija de Antonio Guerra y otras en ese lugar, hasta dar la vuelta a la Ermita como un laso que las cierra, este núcleo se abre y se separa dándole bajada al camino de Casa Ayala.
Desde aquí destacan casas como torres enlazadas unas con otras en diferentes niveles, la torre de la Iglesia destaca, solo se asoma el Campanario, imaginando verles las gargantas y badajo de sus campanas, detrás se alza las casas del Molino, mas a la izquierda la pared de la que fue la finca de Curbelo sin tajamientos dejándome pasar la vista al Edificio de Juan y Juana Espino Juárez (Centro de día) aun sin inaugurarse, dos palmera que las conocíamos por las de Maria José por vivir a sus pies, sobresalen desde aquí y me confunden del mismo centro como si fueran del mismo patio y sin embargo se encuentran en el otro extremo.
Escondida tras las dos araucarias la casa solariega de Don Nicolás Díaz de Lezcano-Muxica, delante el jardín que lo circunvalan la bajada del Callejón y la carretera de tierra, conocida por la bajada de Mastro Isidro, destacan desde aquí contando 17 palmeras, aunque en ese recinto existen 20, son alucinantes como se abren como estrellas verdes flotantes, me llama la atención tres en la misma línea que sobresalen de las montañas traseras, a un lado y a media falta una línea blanca de casas perdidas a lo lejos del paisaje
El mirada a la derecha  y de lejos me asombran ver las montañas mas cercas del Lomo Grande relucen negruzcas, la de Santidad Alta arboladas y en tono mas claro y al fondo las del Municipio de Teror mucho mas claras en su contraste, parece que las nubes la rozan en su cúspide (un verdadero cuadro elogioso del Pueblo de Tenoya)
En esta y otras visiones de nuestro Pueblo me llaman tanto la atención de un día y tiempo coja mis pinceles y vuelva a resurgir mi afición a la pintura (recreando imágenes perdidas) espacio hoy ocupado por otras dedicaciones, pero si queda plasmado de otra manera con mis letras que a veces se pierden en el paisaje.
Las casas de Lomo Grande las dispersas parecen vigías, unas torres de telefonía y radio que dan señales, se alzan en su esqueleto, al fondo destaca  el edificio que fue granja, hoy acondicionado en viviendas.
Acercándome y volviendo a la zona de Tenoya las laderas de esta vertiente de lo que fue una gran finca de Doña Cayetana Curbelo Grondona, después de su yerno y familia Don Ricardo Miret, conocida también por la de Mastro Isidro, su mayordomo. Esta finca ha quedado desolada solo destacan a sus pies unas viviendas entre chozas en la misma edificación bajo de ellas, el Morro y  mirador donde vivía el mayordomo, hoy en parcial restauración, al pie del barranquillo donde los dos barranquillos se unen y borden en parte la finca del Hornillo con sus alpendres, observándose corrales entre caballos, cabras, ovejas, cochinos …

Subiendo el callejón con mi mirada desde el barranquillo a mano izquierda veo otra parcela de la finca de los Lezcanos, la casa y alpendres, conocida por la  choza de  Marcial, con cuatro arcos  que miran a Casa Ayala, delante como si fuera un manto la extensión de terreno ligeramente llana con plantaciones de papas aun reventando, detrás y en otra línea tomateros con sus artísticos caballetes de cañas  que los sostienen, dando la impresión que es un ejercito de los de antes, alzando sus espadas y lanzas conquistando y defendiendo el lugar, mas atrás las plataneras donde sobresalen dos elegantes  y altísimas  palmeras que se balancean con muy poco aire  en su elasticidad. (se dice que son las mas altas de la isla)
Me sorprende como asoma parte de la casa y alpendres en su lateral de la finca de Don José de la Rochas, envuelto en palmerales y pinos dispersos, mas a la izquierda la señoral Casa de la Gallera (una casa que atrae hasta las nuevas generaciones, como si tuviéramos que resolver un misterio) subida en su lomo testigo  y mirada de tantos, que en su vejez la señorean, debajo los  alpendres sostenidos desde aquí por cuatro columnas con un cuarto lateral de color blanco envejecido y aljibes y pozas de abrevaderos de ganado, a los pies las fincas de los Marreros, de Juanito Hernández, de Martinito Afonso hoy de familias, uniéndose al barranco para continuar con parte de la finca de Doña Felisa, rastreando casi desaparecido el Camino Real de Gáldar, uniéndose a la carretera de Cardones que se ve como corta en su vena la montaña
No me puedo despedir sin volver a mirarla, dejando mi despedida de saludo en la que pido que sea mejorada, que sus campos vuelvan a enverdecer, ver a sus gentes como hormigas recorrer sus diferentes destinos, sentir las aguas, sus herramientas y ajetreos. Hoy día es soñar lo que era Tenoya en sus diferentes tiempos.

Tino Torón